Miguel Zavaleta, la voz, el rostro y el espíritu irreverente de Suéter, murió este lunes a los 71 años después de atravesar una larga enfermedad. La confirmación de su fallecimiento comenzó a circular entre amigos y músicos que habían acompañado de cerca sus últimos días y rápidamente se extendió por las redes sociales, donde las palabras de despedida se mezclaron con fotografías, canciones, recuerdos de recitales y escenas compartidas durante décadas.
Con su partida no desaparece solamente un cantante o un tecladista: se va uno de esos personajes capaces de representar una época, de ponerle música a una generación y, sobre todo, de hacerlo desde un lugar propio, con humor, sensibilidad y una mirada que nunca terminó de parecerse a la de nadie.
La noticia fue comunicada desde su círculo íntimo y encontró eco inmediato en figuras vinculadas a la música y al periodismo. Entre quienes lo despidieron estuvo Sergio Marchi, que reconstruyó con sus palabras la intimidad de los últimos días y dejó una frase que resume, quizás mejor que cualquier biografía, la manera en que Zavaleta enfrentó la enfermedad: “Se fue tranquilo pero a regañadientes, porque quería vencer a ese cáncer cruel”. En esa imagen aparecen dos dimensiones inseparables del músico. Por un lado, la serenidad de quien había llegado a una instancia definitiva; por el otro, esa voluntad de seguir peleando que lo acompañó hasta el final. Porque incluso cuando la vida le puso delante uno de sus desafíos más difíciles, conservó algo de aquel hombre que había irrumpido en la escena del rock argentino con una personalidad imposible de encasillar.
Durante los días finales estuvo rodeado por amigos y colegas. No atravesó ese momento en soledad, sino acompañado por personas que habían formado parte de diferentes capítulos de su historia y que conocían tanto al artista como al hombre detrás del escenario.
Miguel Zavaleta había nacido en febrero de 1955 y desde muy joven encontró en la música el territorio donde podía expresarse. Antes de convertirse en el líder de Suéter formó parte de Bubu, una experiencia vinculada al circuito under de finales de los años setenta y comienzos de los ochenta que combinaba música, teatralidad y una búsqueda artística alejada de los formatos convencionales.

En 1981 llegó la creación de la banda, en un momento especialmente complejo para la Argentina. El ambiente cultural se movía entre restricciones, censura y una necesidad cada vez más urgente de encontrar nuevas formas de expresión. Zavaleta asumió el liderazgo del grupo como cantante y tecladista y compartió aquella primera formación con Gustavo Donés en bajo, Juan del Barrio en teclados y Jorge Minissale en guitarra.
Suéter apareció junto a una camada extraordinaria de bandas. Los Abuelos de la Nada, Los Twist, Virus, Soda Stereo, Los Redondos y Zas fueron algunos de los nombres que formaron parte de aquel universo que comenzó a crecer con fuerza. Cada grupo tenía su propio lenguaje, su estética y su manera de interpretar lo que estaba sucediendo en el país, pero todos compartían algo fundamental: estaban ayudando a construir una nueva escena. En ese contexto, Suéter encontró un lugar particular. No necesitaba imitar a nadie porque tenía una identidad reconocible desde las primeras canciones.
La banda tomó elementos de la new wave, el pop y el reggae y los llevó hacia un territorio propio. Sus canciones podían ser bailables, radiales y accesibles, pero al mismo tiempo tenían una personalidad que las diferenciaba. “Elefantes en el techo”, “Amanece en la ruta”, “Vía México”, “El anda diciendo” y “Extraño ser” se convirtieron en parte de la banda de sonido de una generación. Algunas quedaron asociadas a momentos específicos de la vida de quienes las escucharon por primera vez; otras atravesaron los años y continuaron apareciendo en radios, reuniones y playlists mucho después de que aquella década terminara.
Miguel Zavaleta murió a los 71 años, pero su voz no se fue con él. Quedó atrapada en las canciones de Suéter, en aquellas melodías que todavía pueden aparecer inesperadamente en una radio, en un bar, en una reunión de amigos o en la memoria de alguien que vuelve a escuchar un disco después de muchos años. Quedó también en la historia de una generación que encontró en el rock una forma de recuperar la libertad, de bailar, de enamorarse, de divertirse y de reconocerse en canciones que hablaban su mismo idioma.