La Organización Meteorológica Mundial (OMM) advirtió este jueves que el fenómeno de El Niño se intensificará durante los próximos meses y alcanzará una magnitud muy fuerte, con efectos que podrían extenderse hasta febrero de 2027 y repercusiones climáticas durante buena parte de ese año.
El organismo señaló que existe una probabilidad “extraordinariamente alta, cercana al 100%” de que el actual episodio persista hasta febrero. El Niño eleva la temperatura de la superficie en el Pacífico ecuatorial central y oriental, con efectos sobre los vientos, la presión atmosférica y las lluvias en distintas regiones del mundo.
Sin embargo, las grandes oscilaciones climáticas globales rara vez se limitan a conceptos abstractos de los boletines meteorológicos; por el contrario, encuentran un correlato implacable en el territorio.
SEMANARIO recorrió los ciclos del fenómeno de El Niño registrados desde 1990 en la Argentina y resulta ineludible trazar un puente directo con la dinámica hídrica de Junín y toda la microrregión del noroeste de la provincia de Buenos Aires.
En este rincón de la pampa húmeda, donde la llanura chata desafía al escurrimiento natural de las aguas, cada gran evento cálido del Pacífico se traduce, tarde o temprano, en una prueba de fuego para los cascos urbanos, los caminos rurales y la producción agropecuaria.
La cronología de El Niño muestra hitos que repercutieron con fuerza en territorio bonaerense.
Ya a principios de los noventa, el ciclo 1991–1992 y las recurrentes crisis hídricas de mediados de esa década -coronadas por la histórica catástrofe en la cuenca del Salado en 1993- evidenciaron la vulnerabilidad estructural de la región. Aquellos años marcaron a fuego el pulso hídrico local: las precipitaciones anormales desbordaron lagunas y anegaron decenas de miles de hectáreas productivas, demostrando que el exceso de lluvias en el Litoral y la pampa húmeda operaba como una constante sobre el sistema hídrico juninense.
El nuevo milenio heredó esa impronta. El año 2001 quedó grabado en la memoria colectiva regional cuando, tras meses de inestabilidad, los registros pluviométricos saltaron por los aire con acumulados descomunales que hicieron del distrito y la zona un escenario de desborde y aislamiento.
Del mismo modo, el potente ciclo de El Niño 2014–2016 y su pico crítico plasmado entre 2016 y 2017 volvieron a poner en Jaque a Junín.
En aquel entonces, marcas récord de más de 350 milímetros concentrados en pocas semanas convirtieron al partido y sus adyacencias en una postal dramática de caminos cortados, campos convertidos en espejos de agua y cascos urbanos cercados por la crecida de la cuenca.
Las similitudes entre los ciclos macroclimáticos globales y los dramas hídricos locales obedecen a un patrón físico ineludible.
Cuando El Niño se instala con intensidad -como ocurrió en los históricos 1997–1998 o en periodos recientes- la atmósfera se recarga de humedad proveniente de una cuenca atlántica y subtropical hiperactiva.
Para una zona llana como Junín, situada estratégicamente en el corazón de la cuenca del Río Salado, esto no significa solo soportar el agua que cae de manera directa del cielo, sino también gestionar el colosal volumen de excedentes hídricos que, por gravedad, escurren desde los partidos vecinos hacia las lagunas locales y los canales colectores.
Hoy, ante la irrupción de nuevos pulsos cálidos proyectados para el horizonte climático y con los antecedentes frescos de las tensiones hídricas multianuales, la revisión de la historia ofrece lecciones urgentes aunque como es sabido, lo que no se hizo antes no podrá recuperarse ahora.
Las semejanzas estructurales entre las inundaciones de 1991, 2001, 2017 y las alertas contemporáneas demuestran que el factor climático es una constante cíclica.
El desafío permanente para Junín y que está lejos de lograrse debido a la inercia de los gobiernos de turno que recién se ocupan del tema cuando tienen “el agua al cuello”, sigue radicando en la capacidad de anticipación, el mantenimiento de la infraestructura hidráulica y la gestión integrada de una cuenca que, cada vez que El Niño agita el Pacífico, revalida su condición de territorio anfibio.