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EDITORIAL PUBLICADO EN LA EDICIÓN IMPRESA Y EDICIÓN DIGITAL Nº 525 DE SEMANARIO DE JUNÍN. SEMANA DEL 1 AL 7 DE AGOSTO DE 2026
La ruptura de los lazos políticos, con dirigentes ególatras que sólo buscan su satisfacción personal engañando con promesas a los ciudadanos, son parte del problema. Cuando la honestidad e integridad debieran ser el modelo para dar paso a las soluciones, esas cualidades están completamente ausentes.
Esta sensación de desesperanza en todos los niveles del Estado ha ido dando paso a una transformación profunda en los vínculos sociales, volviendo a una sociedad más frágil, irritable y permeable a los estallidos de furia.
Lo vemos a diario en las calles, en la atención al público, en el tránsito, al cruzar un semáforo. En la prestación de la salud con pacientes que no hallan solución a sus problemas y los de su familia, en los despachos municipales sin respuestas a las demandas, en los organismos dedicados a proveer cuidados a los adultos mayores que transitan en muchos casos una profunda situación de abandono.
Cada uno va ensimismado en sus propios problemas y no tiene tiempo (ni ganas) de atender las cuestiones de otros. Y es así como se destruye este tejido social que otrora resultó el valor agregado de las barriadas, con integrantes prestos a dar una mano, que hoy no llega.
Para los especialistas que siguen de cerca estas instancias de desasosiego hay diversas cuestiones que las conforman. Hace 20 años, la crisis económica solía canalizarse de forma colectiva y organizada (paros, marchas masivas, cortes), pero hoy el malestar económico genera un hartazgo generalizado y una sensación de impotencia ("la crisis existe, pero no hay protesta callejera masiva").
La sociedad experimenta una "autorrepresión" o un estado de "anestesia", ya que las personas sienten que manifestarse no cambia sus condiciones de vida, derivando el conflicto hacia formas más difusas e interpersonales.
El deterioro de la credibilidad en las instituciones genera una lógica de "sálvese quien pueda" y esto se refleja en una desconexión entre la queja digital y la participación real, o sea que existe una gran masa de personas que opina y se queja fuertemente en redes sociales, pero muestra bajos niveles de participación en instancias cívicas presenciales o electorales.
En el mismo sentido las plataformas digitales funcionan como un "caldo de cultivo" para la violencia debido al anonimato y a la deshumanización. Los algoritmos encierran a los usuarios en "burbujas" (sesgo de confirmación) que potencian la agresividad y reducen la empatía.
Se hace mayor entonces que el riesgo de que el "entrenamiento del agravio" en el mundo digital se traslade a la vida cotidiana, normalizando el desprecio hacia el otro y eso es lo que observamos en nuestra comunidad, pero no como un hecho aislado sino que se repite a lo largo y ancho del país.
Lo realmente peligroso es que estamos frente a un peligro en ciernes y sin embargo no debatimos esos temas, enfrascados en los problemas del bolsillo para llegar a fin de mes, en la compañía de dirigentes políticos sobrenadando en un mundo de ficción.
En ese contexto es difícil promover algún tipo de regulación de las plataformas digitales para poner límites a la adicción en línea, proteger a los menores y establecer responsabilidades corporativas y frenar la virulencia de la violencia digital, temas de los que nos ocupamos profusamente en nuestras páginas.
Pero al mismo tiempo, es indispensable la reconstrucción de los lazos comunitarios y para ello se requieren de líderes positivos que entiendan la urgencia de volver a tejer comunidad y fortalecer vínculos solidarios cara a cara como una forma de resistir el desgaste cotidiano y rearmar horizontes de convivencia pacífica. No hacerlo, resultará una gran irresponsabilidad y tal vez como siempre nunca hallaremos a los verdaderos culpables.