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La alarmante anomalía del granizo en Santa Fe - Semanario de Junín

SEMANAGRO | 23 AGO 2026

SEMANAGRO

La alarmante anomalía del granizo en Santa Fe

El nuevo paradigma climático exige el análisis sistemático de la composición química de las precipitaciones para evaluar la huella de la contaminación atmosférica sobre las regiones productivas. Se requiere de una investigación científica continua, transparente y desprovista de sesgos ideológicos.



SECCIÓN SEMANAGRO PUBLICADA EN LA EDICIÓN IMPRESA Y EDICIÓN DIGITAL Nº 528 DE SEMANARIO DE JUNÍN. SEMANA DEL 22 AL 28 DE AGOSTO DE 2026

El inesperado hallazgo de polímeros plásticos y metales pesados en las muestras de granizo recogidas tras las severas tormentas en Funes y Arroyo Seco, en el sur de la provincia de Santa Fe, acontecidas en 2025, ha encendido las alarmas no solo en el ámbito de la salud pública, sino muy especialmente en el sector de la climatología agropecuaria.

El fenómeno inicial, caracterizado por una inusual resistencia al derretimiento de las piedras de hielo a pesar de las elevadas temperaturas posteriores a la tormenta, motivó un riguroso análisis de laboratorio liderado de forma interdisciplinaria por especialistas locales.

Los resultados confirmaron la presencia homogénea de microplásticos de menos de cinco milímetros y trazas de diversos elementos químicos como aluminio, arsénico, bario, estroncio y cromo.

Esta preocupante radiografía de la precipitación sólida abre un profundo e impostergable debate sobre la contaminación de los agroecosistemas y las teorías de intervención climática artificial.

Para comprender las implicancias de esta investigación desde una mirada agronómica, es indispensable evaluar cómo estas partículas alteran los procesos físicos de la atmósfera.

El médico epidemiólogo Dr. Ramiro Zalazar expuso que la combinación de estos componentes químicos y polímeros podría estar directamente vinculada con los mecanismos de nucleación del hielo dentro de las nubes.

La hipótesis planteada por Zalazar sugiere la posibilidad de una intervención deliberada mediante técnicas de siembra atmosférica o proyectos de geoingeniería climática, afirmando que existen tecnologías capaces de modificar el comportamiento del tiempo y que estas ya se encuentran operativas en la región.

Desde la perspectiva del manejo agrícola, la sola sospecha de alteraciones artificiales en los patrones de precipitación introduce un factor de extrema incertidumbre en la planificación y la gestión del riesgo climático en el campo.

Sin embargo, las afirmaciones sobre una supuesta manipulación climática intencional encuentran un fuerte escepticismo y visiones contrapuestas dentro de la comunidad meteorológica y académica tradicional.

Físicos atmosféricos y climatólogos especializados en la dinámica de las nubes sostienen que la presencia de microplásticos y metales en las precipitaciones no constituye necesariamente una prueba de geoingeniería encubierta.

Por el contrario, los expertos explican que la atmósfera global se encuentra saturada de partículas microscópicas de origen antropogénico debido a la quema de combustibles, la actividad industrial desmedida y el desgaste continuo de los desechos plásticos urbanos.

Estos contaminantes son elevados por las fuertes corrientes ascendentes de las tormentas convectivas características de la región pampeana, actuando de forma natural pero involuntaria como núcleos de condensación alrededor de los cuales se congela el agua líquida.

De este modo, la persistencia térmica del granizo analizado en Funes podría explicarse por las propiedades físicas aislantes de los polímeros plásticos integrados en la estructura del hielo, sin necesidad de recurrir a teorías de intervención intencional.

Más allá de la controversia sobre el origen voluntario o accidental de estas partículas, el verdadero foco de preocupación para la climatología agropecuaria radica en el impacto ambiental y productivo a mediano y largo plazo.

El granizo ya es, por sí mismo, uno de los eventos climáticos más temidos por los productores agropecuarios debido al daño mecánico directo que ocasiona sobre los cultivos en pie, destruyendo hojas, quebrando tallos y despojando plantas enteras en cuestión de minutos.

El verdadero foco de preocupación para la climatología agropecuaria radica en el impacto ambiental y productivo a mediano y largo plazo

Si a este perjuicio físico inmediato se le suma ahora una carga invisible de sustancias químicas y plásticas complejas, las consecuencias para la sustentabilidad de los suelos y la seguridad alimentaria podrían ser devastadoras. Al derretirse el granizo sobre las parcelas cultivadas, el agua resultante infiltra en el perfil del suelo y deposita los contaminantes directamente en la rizosfera, la zona de mayor actividad biológica y radicular de las plantas.

Estudios agronómicos recientes advierten que la acumulación de microplásticos en los suelos agrícolas altera de manera drástica las propiedades físicas y biológicas del terreno.

Estas partículas microscópicas reducen la porosidad, modifican la capacidad de retención de agua y bloquean los canales microscópicos esenciales para el transporte de nutrientes.

Además, la presencia simultánea de metales pesados como el arsénico y el cromo genera un efecto sinérgico perjudicial. Los microplásticos pueden actuar como vectores que absorben y concentran estos metales, aumentando su biodisponibilidad para las raíces de los cultivos.

Cultivos de gran relevancia económica para la región, como la soja y el maíz, corren el riesgo de absorber estas toxinas a través de sus sistemas radiculares, lo que provoca una disminución en la actividad fotosintética, debilita el desarrollo general del cultivo y reduce significativamente los rendimientos por hectárea.

Asimismo, el peligro se extiende de forma directa hacia las napas freáticas y los cuerpos de agua superficiales utilizados para el riego agrícola y el consumo del ganado.

La lixiviación de metales como el aluminio y el bario hacia las fuentes de agua dulce deteriora la calidad del recurso hídrico, comprometiendo la salud de los rodeos bovinos y afectando los procesos metabólicos de los animales.

Los resultados confirmaron la presencia homogénea de microplásticos de menos de cinco milímetros y trazas de diversos elementos químicos

Desde el punto de vista agroecológico, la incorporación de estos elementos extraños perturba las comunidades de microorganismos benéficos del suelo, tales como los hongos micorrízicos y las bacterias fijadoras de nitrógeno, rompiendo los equilibrios simbióticos necesarios para mantener la fertilidad natural de las tierras productivas de Santa Fe.

Ante este complejo escenario, el debate surgido a partir de la investigación en Funes pone de manifiesto la urgente necesidad de implementar redes de monitoreo ambiental mucho más amplias y sofisticadas.

Los especialistas en climatología agropecuaria coinciden en que ya no basta con medir variables tradicionales como la cantidad de agua caída, la velocidad del viento o el tamaño físico de las piedras de granizo.

El nuevo paradigma climático exige el análisis sistemático de la composición química de las precipitaciones para evaluar la huella de la contaminación atmosférica sobre las regiones productivas. Solo mediante una investigación científica continua, transparente y desprovista de sesgos ideológicos será posible determinar con precisión si nos enfrentamos a las consecuencias directas de la contaminación global o a modificaciones inducidas en la dinámica del clima regional.

Mientras tanto, el agro deberá adaptarse a un entorno donde las amenazas meteorológicas ya no solo caen del cielo con fuerza destructiva, sino también con una carga contaminante que pone en jaque la sostenibilidad futura de toda la cadena agroalimentaria.